Manda huevos

Dicho sea de Morenés. Repítase otra vez: el envío al Consejo de Estado (octubre, 2014) del expediente del Yak-42 iniciado por las víctimas (marzo-julio, 2004) era obligado. Y añádase: hasta el final, el Ministerio ha insistido en su no responsabilidad y el expediente omitía documentación relevante; por eso el Consejo lo devolvió (marzo, 2015) para que lo completasen. Genio y figura.

Dicho sea de Cospedal. Nótese que el Consejo sólo ha dado ejemplo de rigor y decencia, pero no ha revelado nada que ella, y Rajoy, no supieran ya. Su presunto cambio de actitud —el de Cospedal— deriva hacia Trillo y mira a Aznar; es remedo de aquel «Que cada palo aguante su vela» que Cospedal declarara a comienzos del affaire Bárcenas, por otro lado compatible luego con el «finiquito» y la destrucción de ordenadores. En este asunto, si quiere ir lejos que pregunte cerca, si quiere llegar hasta el final que empiece por el principio: Rajoy, también en esto, es una fuente de valor incalculable.

El caso del Yak-42 quedará como un suceso ignominioso más de la historia de España, ejemplo de hasta cuánto un poder delirante puede despreciar la realidad y a las personas como parte fundamental de ella. Los gobernantes de entonces externalizaron su tarea y así, creyeron, también su responsabilidad. En contra de lo que aconseja cualquier manual de prevención, advirtieron los riesgos pero no adoptaron una actitud segura.

El 26 de mayo de 2003, 62 militares murieron estrellados de madrugada contra un monte perdido de Turquía. Horas antes se habían celebrado unas elecciones municipales y autonómicas en las que el PP había salido indemne a pesar de la guerra de Irak. En el horizonte, a partir de septiembre, la batalla final: el curso político de las elecciones generales de 2004.

Y corrieron para tapar el ruido y sus vergüenzas. Cualquuier cosa vale cuando se cree que el poder todo lo puede. Parecía fácil. Se trataba de aguantar hasta que una nueva victoria electoral les eximiera de tanto exceso, desorden, tropelía. Insensibles al dolor de las víctimas, a las familias locas de dolor, capciosamente, se las dejaba en locas.

Reconozco el valor de las formas en la comunicación pública, pero me atrevo a afirmar que lo importante desde hace ya tiempo es que se vayan… Me da igual la puerta por donde lo hagan: la grande o la chica, de delante o de atrás, pero que se vayan. Que se vayan y lleguen definitivamente allí, donde nuestro corazón les manda. Allí mismo.

(Estrella Digital, enero de 2017)