Me sorprendió que Alfonso Alonso, tras el acto en memoria de Miguel Ángel Blanco en Ermua, utilizase como principal mensaje una crítica a la presencia de Bildu, por muy tibia y contradictoria que, sin duda, fuera ésta. Un encuentro organizado por el Ayuntamiento, sin pancartas, pinturas ni retratos; ante la escultura de homenaje a las víctimas del terrorismo de Agustín Ibarrola y en donde se dijeron, a mi juicio, los discursos más apropiados que he escuchado en estos días del aniversario.
Probablemente Carmena, teniendo que manejarse además con sus sobrinos de Podemos, fue torpe en su respuesta, también porque la petición no era cándida sino hasta capciosa desde alguno de sus frentes; pero no tan criticable en el fondo. La trayectoria moral, y vital, de Carmena impide calificar de miserable su comportamiento, como se ha hecho.
Cada víctima del terrorismo que hemos sufrido evoca solidariamente a todas, pero ninguna en particular puede representar definitivamente a las demás, ni nadie debería pretenderlo.
Fijar el cruel asesinato de Blanco como el punto de arranque del rechazo explícito y masivo al terrorismo tampoco es del todo exacto. Así ocurrió en el País Vasco, desde Ermua, lo cual fue muchísimo y resultó determinante, pero no en este Madrid elegido ahora para los actos principales. Ya en 1996, el asesinato de Tomás y Valiente había sido respondido con manos blancas y con la mayor manifestación hasta entonces desde el 23-F, preludio de la que tendría lugar un año después tras la muerte de Blanco. De los recordatorios al jurista el año pasado, recomiendo la lectura de la carta abierta de su hijo.
Dos vidas, entre cientos, arrasadas para producir dolor y miedo. De la del mayor destacaban su integridad y su virtud, de la del joven se nos vino a los ojos, desde el primer momento, su inocencia. Me pregunto qué hubo de virtuoso o de inocente en González Pons cuando, coincidiendo con la publicación de los SMS entre Rajoy y Bárcenas, en un homenaje a Blanco realizado en Valencia, nada menos, dijo: «El PP no es Bárcenas, es Miguel Ángel Blanco». Cuánto de aquel espíritu de Alonso o de Pons, más que el de Ermua propiamente, pueda animar hoy a algunos serafines…
En esa «pelea por el relato» a que se refería Joaquín Vidal hace unos días, a quiénes ponen bajo sospecha al más pintado por la imprecisión de un término o un desliz conceptual, ¿cómo no volver a recordarles que, al año y poco meses del asesinato de Blanco, Aznar hablaba de «movimiento vasco de liberación», y Rajoy de «paz»? ¿Y que cuando ETA rompió la tregua luego, Trillo seguía diciendo «conflicto político»?.
Pasada la semana de los homenajes a Miguel Ángel Blanco y visto lo ocurrido en algunos ayuntamientos, gobiernos autonómicos, parlamentos…, sin descartar crónicas, discursos y canutazos, venga a la ocasión la conocida cita de Tomás y Valiente: «La vida y el prestigio de las instituciones dependen tanto de lo que ellas hacen como de lo que se hace con ellas». No sé si me explico.
(Estrella Digital, julio de 2017)