«Parafascista» (Que tiene semejanza con el fascismo o con lo fascista) es uno de los términos recién incluidos por la Academia en el Diccionario de la lengua española. Llamarlos así nos ahorrará disquisiciones sobre la expresión precisa, técnica, con que referirnos a los interlocutores del chat de la XIX promoción de la Academia General del Aire, esa «nuestra gente» de Macarena Olona.
«No es golpismo, es patriotismo», editorializaron los afines cuando aquellos se dirigieron al presidente del Parlamento Europeo, David Maria Sassoli, el 3 de noviembre de 2.020 (sic), para ponerle al cabo de cómo el Gobierno de España frustraba su deseo de una «Europa unificada por la civilización occidental». Por cierto, que no les hizo ni puñetero caso, como los remitentes preveían incluso por escrito en la misiva; «petición inútil» a un demócrata italiano que «ya habría sido conocedor de todo lo expuesto por otras vías», pero petición inevitable «al no haber encontrado en nuestras instituciones el amparo…». Clamé al cielo y no me oyó, ergo…
A la semana, 39 miembros de la promoción —entre sus principales, los descerebrados que «en privado» añoran al «Irrepetible» y cuentan el número de balas requerido para llevarse por delante a 26 millones de personas— se dirigieron al Rey «con el mayor respeto» para poner al Gobierno a caer de un burro reafirmando su lealtad a «nuestro Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas». Hay cariños que ofenden, o deberían.
Mientras, buscaron el macizo de sus «quintos» en la Academia General Militar, la XXIII promoción, de la cual 73 inquietos, «ante la situación que en estos momentos se vive en nuestra Patria» bajo un «gobierno social-comunista (…) apoyado por filo etarras (sic) e independentistas (que) amenazan con la descomposición de la unidad nacional», también se dirigieron al Rey el 25 de noviembre; ahora ya con la presunción de interpretar a «la mayoría de los españoles, (que) contempla preocupada tanto desafuero, sin adivinar cuál es su finalidad y (…) qué camino tomar para, al menos, limitar esta peligrosa deriva». La llama había prendido.
Me pregunto en qué medida estos «retirados» son militares y no; porque, de serlo, no deberían permitirse ciertas iniciativas y, de no serlo, tampoco el Rey debería desempeñar con ellos el papel de su Jefe Supremo, sino el de Jefe del Estado de todos, algo más amplio y más abierto.
Sean cuáles sean las preocupaciones legítimas de cada cual —las mías, las suyas, las de aquel y más allá—, confío en que alguien les recuerde que la misión de nuestros militares ya no es «garantizar la unidad e independencia de la Patria» ni «la defensa del orden institucional» de un pasado remoto (art. 37 de la L.O.E. de 1967) sino, entre otras, «defender el ordenamiento constitucional» (art. 8 de la C.E. de 1978) que, aunque derivando demasiado de aquello y sonando parecido, al final no es lo mismo.
Días después, y tras los muy heroicos éxitos de haberse puesto en boca de todos, haber dado más pie a sus detractores, incrementado la preocupación de los sensatos y refrescado el aplauso de los leales, los que deploran los relinchos en los chats pero no el argumentario porque es suyo, otros exmandos militares —271 en primera tacada— han firmado un manifiesto contra el Gobierno. Dense por exentos de su lectura cuantos conozcan el discurso de la extrema, y ahora muy «monárquica y constitucionalista», derecha española.
De sobra sé que no son todos así ni estos, lo muy relevante, suficientes. Y ya entiendo que tampoco amenazan con un golpe militar, que ni pueden ni quieren. Pero sí pretenden ejercer una influencia pretoriana en favor de sus cuitas, no solo de militares; vamos, como pedir un «golpe de timón» promovido por el Rey y con su apoyo, sería un decir.
Un año y poco antes del 23-F, cuando la mayoría de los usías y vuecencias retirados de esta hora eran tenientes, capitanes o comandantes, tuvo lugar un acto que, quizá por la fecha, me haya venido a la cabeza. Era el 6 de diciembre de 1979. En La Zarzuela, al hacer entrega a Juan Carlos I de la boina de carrista de la Brunete, el general golpista Torres Rojas prometió que sabrían «regar con sangre» los campos de España «para defender su unidad, su independencia, su integridad territorial y el orden constitucional». Luego, el primer grito que Tejero dio al bajar del autobús en el Congreso, pistola en mano, fue «En nombre del Rey». Recuerde el alma dormida, avive el seso… Y tonterías, las justas.
El año que viene se cumplirá el cuadragésimo aniversario del acaecimiento. We keep in touch.
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Navidades de España dentro de España y Madrid dentro de Madrid. Iluminación de los paseos de Recoletos y La Castellana. Fuente fotográfica: elDiario.es